Salmo 40
Dichoso el que piensa en el débil y pobre; el Señor lo librará en tiempos malos.
El Señor lo protegerá,
le dará vida y felicidad en la tierra,
y no lo abandonará al capricho de sus enemigos.
El Señor le dará fuerzas en el lecho del dolor; ¡convertirá su enfermedad en salud!
Gracias, Señor, por el don que nos has hecho en nuestros días: el don de la inquietud por los pobres, la denuncia de la opresión y la injusticia, de la lucha por la liberación de todo mal. Gracias, Señor, por habernos sacudido y habernos sacado de la autocomplacencia, de la conformidad culpable y del contemporizar con la explotación del hombre por el hombre.
Tu voluntad no es la injusticia, Señor, tu voluntad no es la opresión, y te pido perdón si alguna vez he usado la excusa de tu voluntad para justificar un orden injusto. Tú siempre escuchaste la súplica del huérfano y de la viuda y tomaste como hecha a ti cualquier injusticia que se hiciera a ellos. En nuestros días, Señor, son pueblos enteros los que son huérfanos y sectores enteros de la sociedad los que se encuentran desamparados como viuda sin apoyo y sin ayuda.
Sus gritos han llegado hasta ti y Tú has despertado una conciencia nueva en nosotros para hacernos solidarios con todos los que sufren y hacernos trabajar para acabar con los males que les afligen. Aceptamos con alegría la responsabilidad de trabajar por conseguir un nuevo orden social, de volver a hacer brillar la justicia entre los hombres. Queremos que este empeño se convierta en la meta de todos nuestros esfuerzos y en la misión de nuestra vida entera.




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