Comerse un pastel
Queridos amigos y amigas:
Desde hace mucho tiempo la crisis de las vocaciones nos acucia. Pero esto no es lo más trágico. Lo peor es que nos marchite el alma cuando al comprobar que el escepticismo y la desesperanza han tomado posesión de muchos. Ese pesimismo puede quedarse en tentación o haber invadido más terreno de lo permisible. Gracias a Dios no faltan entre nosotros quienes mantienen fuerza interior para hacer lo que está a su alcance para afrontar con entereza estos “años de hambre” y hacerlo con fe y coraje. Nuestro Directorio Vocacional nos insiste en “evitar la tristeza, el desánimo o el pesimismo... y manifestar la alegría provocada por el Espíritu y convertirse en sacramento de la llamada con el contagio del entusiasmo” (n. 142).
¿Cómo habríamos de traducir estas consignas en nuestra práctica pastoral? ¿Cómo hacer que nos estimulen más? Permitidme una vez más algunas sugerencias, sacadas de la experiencia que voy acumulando en mis contactos, lecturas y visitas.
• Dedicarnos en nuestra acción pastoral y misionera a los jóvenes, mucho más de lo que hacemos. No son, ni mucho menos, el sector privilegiado de nuestros desvelos. Somos deficitarios en dedicación y organización. Y entregarnos a ellos de forma gratuita y desinteresada. No se trata de “engancharles”, sino de despertar en ellos su conciencia de ser hijos de Dios y hermanos. Estar seguros de que a la larga, incluso en épocas de invierno como la actual, el amor acabará por calentar y también nos querrán más de lo que nos imaginemos.
• Centrar bien el tema vocacional. Como Animadores Vocacionales no tenemos sólo el problema técnico de la comunicación, sino el problema más serio de la calidad y de la verdad de nuestra propia vida espiritual. ¿Acaso no le hemos escuchado a Karl Rahner hablar de aquel estilo pastoral que “se adquiere de rodillas, sumidos en la oración”? hemos de hablar de Dios, de Jesús, de la Iglesia,… pero sin atacar al defenderlos, ni acusar a culpables o contrarios, ni hacerlo de forma deprimida y dimisonaria.
• Evitar el anuncio vocacional meramente intelectual, incapaz de darse a entender, artificial, incapaz de transmitir la belleza de la vocación claretiana, ni de hacer que se capte su necesidad para los demás. Hay que intentar que los Animadores Vocacionales lejos de ser “personas sordas que, con palabras difíciles, respondemos a preguntas que nadie nos ha formulado”, seamos cada vez más “personas siempre capaces de escuchar y que, con palabras sencillas, respondamos a preguntas que cualquiera –conscientemente o no- nos pueda plantear”.
• Vivir esta crisis de escasez con más fe. ¿No son acaso las crisis componentes normales de la vida de todos, célibes y casados, creyentes y no creyentes? ¿Por qué no interpretar ésta como un factor providencial en la lógica pascual de nuestro camino? ¿No puede ser un factor de gracia que nos ayude e incite a conocer mejor a Dios y a conocernos mejor a nosotros mismos?
Termino esta carta con esta simpática historieta. Se cuenta de una viejecita que asistió un día a un sermón en el que el cura habló con palabras tan terribles sobre el próximo fin del mundo, del sol que se iba a destruir y de las estrellas que se iban a caer, que al salir de la iglesia, se dijo a sí misma: “Como todo era tan triste, me fui a la pastelería y me comí un pastel”. Tal vez se trate de esto, de dejarnos de cuentos y de aprender a creer y a esperar de verdad. Este es el momento.
Vuestro amigo y hermano
Juan Carlos cmf
Tags: Carta vocacional octubre 08
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